miércoles, 10 de junio de 2009


Hay tanto que escribir, y tan poco que sea importante.
Luce un sol ambiguo sobre la ciudad.
Suelo preguntarme si todo lo que vivimos nos influye. TODO. Son demasiadas cosas para convertirse en matices de un cuerpo tan pequeño. Microscópico.
Aquel color que sólo viste una vez. Tatuado en la piel de vete a saber qué sujeto en vete a saber qué bar de mala muerte.
Unos ojos capaces de decírtelo todo. De contarte vida y obra en verso de miles de poetas en una miserable fracción de segundo.
Me paso la vida escribiendo mentiras.
Ninguna mirada me ha dado nunca todas las respuestas. De hecho, no me ha dado ni siquiera una respuesta. Para mí cada mirada con la que me cruzo en cada calle de cada ciudad, no me ofrece más que preguntas. Absurdas preguntas.
Puede que algunos nazcamos sólo para ofrecer respuestas, sin tener derecho a que nadie solvente nuestros problemas por propia voluntad.
Caminamos, intentando buscar en las esquinas algún papel que nos vaya guiando. Una flecha. Un semáforo. Una señal.
Un final para todos nuestros medios. Luchar por algo. Luchar por alguien.
Pero la búsqueda suele fracasar día tras día. Noche tras noche acabas en esta o aquella cama, envuelto entre unas sábanas infieles que te cantan la misma nana todas las noches. Una en la que te aconsejan cerrar los ojos y dormir para no ver lo que viene con la madrugada.